¿A qué te aferras?
A todos los que sufrís en silencio
El deseo de tener una imagen representativa de nosotros mismos, de nuestros actos, afectos y miradas implica volver al pasado, a las heridas, a las situaciones dolorosas. En lo profundo de nuestro ser encontramos lo que está por encima de nosotros, y lo protegemos con el fin de cuidarlo, muchas veces sin caer en la cuenta de que estamos heridos, y lo que protegemos realmente son nuestras heridas. Así pasamos por la vida, ofreciendo una imagen de nosotros mismos calculada, pretensiosa y errada que nos garantice la inclusión y permanencia para evitar mostrar las heridas, porque duelen, están ahí, y sentimos verdadero temor que alguien las descubra y pise: el temor al compromiso no es más que el temor a que nos descubran, vean nuestra vulnerabilidad y salgan huyendo. Es el temor que nos produce estar solos ante un mundo herido, que es el auténtico, y del que muchas veces nos escondemos con un personaje, un vicio, una conducta, un grupo.
Aunque cueste admitirlo las heridas determinan los actos más genuinos del ser humano, incluyendo el acto de amar a otros. ¿Te has preguntado si amas por temor a quedarte solo contigo mismo? Si la respuesta es afirmativa, entonces no es amor, es utilitarismo. Y es comprensible, natural, humano, pues quieres estar en la vida sin que te duela, yendo de un lugar a otro sin que te dañen: esto es así porque ya te dañaron cuando eras un niño. Tal vez, por esta razón muchas terapias aboguen por el crecimiento individual, el desarrollo integral y por tantas formas de acentuar el amor propio. Sin embargo, el amor propio no es una receta mágica, es todo un proceso de descubrimiento personal que pasa por el "mal trago" de enfrentarse a un mundo que agoniza por ser sanado, aceptado y acogido.
Nuestros actos tienen un origen, están determinados por una infancia/adolescencia dañada y enraizada en momentos que nos hirieron e hicieron sentir incapaces, dañando alguna parte de nosotros. Nuestros actos son respuestas a nuestra biografía inacabada. Estos, cuando se expresan en nuestro cuerpo, mente, voluntad o afectividad reflejan las carencias físicas, psíquicas y emocionales de nuestro pasado. En lo visible se puede percibir lo invisible.
Igualmente, todos los actos dañinos para mí y para el resto son el resultado de una vida difícil, problemática, anclada en el sufrimiento. Esta vida nada tuvo que ver con el posicionamiento socioeconómico: cada persona es única y tiene unas necesidades por satisfacer, y desde luego las cosas de este mundo no pueden satisfacer las necesidades más profundas: la llamada personal, el deseo de plenitud, la donación a los demás. Un error muy común es pretender "comprar" el amor con los bienes de este mundo, pero el amor no se compra, se entrega, se sufre, se vive. Por ello, hasta el más rico tiene heridas, quién sabe si no son las peores.
En la medida en que nuestra vida ha experimentado el sin saber del sufrimiento, la desdicha y la falta de afecto todo nuestro ser se ha encapsulado y adoptado formas de protegerse. Sin embargo, los traumas, las vejaciones, las carencias afectivas no desaparecen, se resisten arañando el interior y formando nuevas heridas. Todas las heridas tienen unos efectos que siempre alertan de un pasado doloroso y de una vida sufrida, indecorosa, violentada y aislada.
Por todo esto, es necesario "escuchar" el dolor de la persona, no solo escuchar las palabras con las que disfraza el dolor, sino el dolor que hay detrás de cada mirada. Hay que mirar el dolor de las personas, enfrentarse a él y jamás ponerlo en juicio, sino darle un espacio para que se libere, se transforme y no vuelva a dañar a nadie. Empezando por aceptar que está ahí, es real y puede ser sanado. Es la tarea más humana que pueda realizarse: hacerle frente al dolor de la persona que sufre y acompañarla en un proceso de sanación. Esto es caminar de la mano con otro, por otro, para otro, muriendo a ti mismo para que otros vivan. "Dar la vida por los amigos", y todos son amigos porque ninguno es el mal que hace, sino el mal que padece.
Esto es importante, pues cuando todos se empeñan en reducir los síntomas, la mayoría solo piensa en el sentido de la vida como algo equivocado, sufrido, tortuoso: en un vacío inaguantable. Por ello, al hablar de sanar nos referimos a la biografía, la emotividad, la inteligencia, la voluntad. Nos referimos a equilibrar la balanza poniendo sobre ella los efectos descompensados, el miedo y los malestares vitales para así rescatar al niño herido, al pequeño que habita en nuestro interior y al que protegemos de todas las formas posibles. En este sentido, sanar es restaurar la inocencia de los primeros años de vida, la confianza en los demás, la esperanza, el aliento, la gracia de vivir. Es rescatar de nuestros infiernos el grito de amor que nos sacude para darle una respuesta y un hogar. Esta es la verdadera restauración de las personas, la respuesta directa y humana a los infiernos personales, pues no es posible hablar del cielo sin antes hablar del infierno.
El deseo que Dios tiene para nosotros es mostrarnos al niño que sufre, al que tanto protegemos, y decirnos que también El lo quiere abrazar, pero Desea liberarlo, liberar el malestar que lo aflige, el dolor que lo bloquea, el sin sabor de la vida sufrida. En esto se distingue la doctrina de Dios de la doctrina del mundo, en que Dios abrazó al niño que los demás no abrazaron, defendió al niño que los demás no defendieron, acompañó al niño al que los demás no acompañaron, lloró al niño al que los demás no lloraron. Y esta es Su Terapia, en que descubras al niño que eres, lo desates de todo lo que le quita la vida y...¡vivas!
¿Quieres hacerlo? Estoy contigo.
Buenos días nos dé Dios!
ResponderEliminarSólo estoy en desacuerdo con una cosa: ¡Hay que hablar primero del Cielo! Solo el que es Bueno puede hacer crecer lo bueno. Es verdad que debemos acostumbrarnos a hablar de ambos como estados de alma. Ser conscientes de nuestra vulnerabilidad nos hace conscientes de la vulnerabilidad del mundo. Solo así conoceremos lo inconmensurable que es el amor de Dios. Curiosamente, en la medida que el ser humano no reconoce las propias miserias nos es más difícil conocer (y agradecer) el amor que Dios nos tiene. ¿Así nos va!