Hijos predilectos
Hoy en día, podemos comparar la mirada y el afecto de los demás con una montaña rusa en la que las personas vienen, van, dan vueltas, suben y bajan. Entre el bullicio de la gente y el ruido desenfrenado de nuestra forma de vivir, la mirada de los demás parece disolverse, llegando incluso a ver sin ver, sin percibir, sin contemplar al otro. Igual de fácil es perderse a uno mismo que perderse entre las multitudes, posiblemente porque la sociedad sea un reflejo del interior de la persona.
Pareciera
que nuestros pensamientos tuvieran solo un tiempo de acción, que pocas veces
lleguen a dar fruto. Da la sensación de que corremos hacia un abismo y que
cuando nos precipitamos sobre el mismo le demos las gracias por estar ahí. Es
nuestra mayor confusión, pensar que por mucho que hagamos, pensemos,
programemos, podamos llegar a ser quienes estamos llamados a ser desde toda la
eternidad.
Estar
en la carrera de los logros personales y personalizados, en la competición del
yo, en el ensalzamiento de lo vago y efímero nos lleva a hacernos la guerra
unos a otros por llegar a… ¡qué sé yo! un puesto más distinguido, una fortuna,
un atisbo de poder. En la competición por sobresaltar nos dejamos la vida, por
querer ganar el mundo perdemos la vida.
Sin
embargo, nada más lejos de la verdad, pues solo nos encontramos en la medida en
que salimos. El ser humano no es un fin en sí mismo, como tampoco lo es el
noviazgo, el matrimonio, la familia. Cada grupo con el que nos comprometemos es
una puerta y una oportunidad para llegar a Dios. El fin es Dios. Por eso nosotros
somos como vasijas de barro que portan un gran tesoro.
Lo
que sucede en nuestros días es que le damos mayor protagonismo al barro que al
tesoro, tendencia especialmente consolidada en las corrientes individualistas de
corte místico-religioso (nueva era). Incluso llegamos a despreciar el tesoro
por decorar el barro. Nada más errado e ingenuo, porque el barro jamás deja de
ser barro, solo el tesoro puede moldearlo. Por esta sencilla razón haya tanta
gente haciendo lo mismo, pareciera que se hubiera terminado la creatividad y
que estuviéramos a merced de un destino dirigido por fuerzas extrañas y diabólicas.
Todos haciendo lo mismo bajo una atmósfera de inquietud e incertidumbre que
recuerda a un mar en tempestad.
Nadie
conoce los límites de esta paradoja en la que vamos muriendo lentamente en una oscuridad
sin parangón, con la pobre justificación de que el primero es el que antes llega,
hace, destaca, prevalece por encima del resto. Así vamos perdiendo la vida, que
es estar en comunión con Dios y tener su favor diario. Por perseguir sombras
perdemos el sol, y nos incapacitamos para darnos a los demás porque nos
anulamos a nosotros mismos, justamente por centrarnos en nosotros mismo.
Y
el Dios que vive en cada uno de nosotros nos viene decir “dejad de estorbaros,
no seáis motivo de tropiezo los unos con los otros, Yo os he dado un nombre y
una misión, Yo quiero que seáis reales como Yo, vuestro Padre”. El Dios de la
Misericordia nos dice que lo miremos a El, y que después lo veamos en el
prójimo. Con esta sencilla regla nos dará su favor, y llenará nuestros días
como nada ni nadie de este mundo puede hacerlo. No andemos preocupados por cómo
nos verán los demás, con qué nos vestiremos, con qué pagaremos las deudas. Seamos
hijos predilectos.
Qué reflexión más inspirada por Dios: "llegamos a perder el tesoro por decorar el barro"; "por seguir sombras perdemos el sol"... "Seamos hijos predilectos"... Muchas gracias Abel y sigue compartiendo todo lo que el Señor pone en tu corazón, hace mucho bien para el que quiere entender
ResponderEliminar¡ Qué alegría! Me gustaría leerte más. Me has recordado a los grandes sant@s de España. Sólo Dios basta, quién a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios.
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