Tierra prometida

 

En la historia de la salvación, Egipto representa un lugar de opresión y esclavitud. Dentro de las murallas de la ciudad de Egipto se entremezclan las personas que siguen a Dios y las personas que siguen al diablo; las personas que aman la verdad y las que aman la mentira.

En nuestro Egipto personal es imposible vencer si no es con la fuerza liberadora del “Yo soy”. La misma fuerza liberadora y devastadora que empujó a Moisés a Egipto para liberar al pueblo de Israel. La misma fuerza liberadora que nos lleva a dejar nuestras vidas cómodas para visitar a un enfermo, dar un consejo, dar de beber al sediento. Es la fuerza del Dios vivo la que libera de Egipto, no son nuestras fuerzas.

Cuando Dios actúa en la tierra que tenía esclavizado el pueblo de Israel no lo hace por sus méritos ni por ser el pueblo elegido, lo hace movido por sus súplicas. A Dios no le sorprende nuestras proezas. El puso en nosotros todo lo que tenemos, El ya lo dispuso así. A Dios le mueve nuestra súplica, nuestro sufrimiento. Se vuelve a nosotros en la medida en que nosotros ponemos lo que nos aflige en sus manos.

En nuestro Egipto personal siempre pensamos que nos liberaremos y salvaremos a nosotros mismos. Y es en esta actitud de autosuficiencia endiosada donde perdemos el favor y la mirada de Dios. Es más, cuando nos encerramos en nuestros pensamientos es cuando nuestros pensamientos se vuelven en nuestra contra. Cuando nos aferramos al control es cuando nos descontrolamos. Cuando nos apoyamos en nuestras capacidades para librarnos de lo que nos oprime, lo que nos oprime se burla de nosotros. Esto es así porque no podemos salvarnos a nosotros mismos, no podemos salir por iniciativa propia de un Egipto personal.

Necesitamos cambiar, convertir el corazón endiosado en corazón suplicante. El corazón endiosado solo escucha lo que quiere, el corazón suplicante escucha todo y decide rectamente. La voz suplicante llega al cielo y sacude las entrañas de Dios.

Hagamos como el pueblo de Israel y supliquemos a Dios que nos socorra, de día y de noche, para no malgastar el tiempo y las fuerzas en destinos inconcebibles y sueños inalcanzables. Seamos el pueblo suplicante que en todo encuentra el favor de Dios y no un pueblo abocado al fracaso y la desdicha. Seamos un pueblo que elige vivir confiadamente en el “Yo soy” como único suministrador de vida, como fuerza liberadora y restauradora de nuestras vidas. Solo así llegaremos a la tierra prometida.  

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