El amor en la brecha
“Así
como el sol descansa en la noche, reposan nuestras almas en el amor”.
Pasamos
por la vida hablando de necesidades, unas veces con mayor intensidad que otras.
Somos expertos en rodearnos de necesidades, algunas impuestas, otras
inventadas. Pero la necesidad no es un fin en sí mismo, y muchas veces ni tan
siquiera es un medio. Muchas de nuestras demandas son una llamada de atención y
la alarma de que algo en nuestro interior no va como esperamos. Y no me refiero
a las necesidades básicas, aunque éstas dejen tanto que desear. Me refiero al
abanico de necesidades que nos creamos, cariño, afecto, aceptación…
Pero,
las necesidades no son sino el compendio entreabierto y ramificado de una
necesidad que jamás debiera quedar desatendida: la necesidad de ser amados. Ser
amados es la finalidad, es el medio, es el fin. Ser amados para amar, amar para
ser amados. Detrás de esta necesidad primordial solo hay una escarcha que persigue
al hombre y a la mujer toda su vida. En la media en que sacia su sed de amor el
ser humano puede crecer y darse a los demás. Es la verdad más profunda del ser
humano. La verdad de que sin amor la vida se torna desconfiable, en ocasiones
hostil, y se tambalea entre la supervivencia, el servilismo, el abandono y el
miedo. Es nuestro material genético más valioso, la capacidad de amar y
sentirnos amados. Por ello, lo que sucede en el corazón cuando no recibe las cotas
que le corresponden de amor es demoledor.
De
veras, el amor es ineludible, es la fuente de nuestro poder. No lo es la
religión, ni los padres, ni los amigos. Es el amor recibido, especialmente
cuando somos vulnerables, cuando es difícil que nos amen. Cuando la piel recibe
maltrato en lugar de amor la persona es destrozada, os aseguro que no hay un
golpe más certero y destructivo. Poner miedo e ira donde debe haber amor es el
golpe más terrible que una persona puede recibir. Y nosotros, que somos tan
primarios y arrastramos las heridas de nuestros padres, podemos hacerlo así, y
mucho más. Podemos ser monstruos sumados al dolor de otros monstruos. Por lo
que no culpemos a nadie por el daño que ha provocado, más bien mirémonos a
nosotros mismos como el mismo barro con otra forma, siendo así, la misma
miseria. No olvidemos jamás nuestra inclinación a proyectar el odio, la ira y
la angustia en los demás.
Podemos
pasarnos la vida odiándonos por el odio que nos han tenido, peregrinar por la
vida maldiciendo a los demás por lo mucho que nos han maldecido, vivir
desalentados y atemorizados por el desaliento y el desamor que nos
transmitieron, vivir desconfiando de todos porque las personas que debían amarnos
no confiaron en nadie. De veras, podemos vivir un letargo de incertidumbres
amargas si no rescatamos el recuerdo herido, el niño que habita en el interior
rogando que lo amen. Podemos vivir un sueño del que jamás despertar, y todo por
amor. El amor es el fundamento de nuestras vidas, no solo nos asegura la
supervivencia en los primeros años, sino que asegura nuestro crecimiento
interior e incluso puede condicionar la visión que tenemos de Dios… ¡cuántas
veces no odiamos a Dios porque nuestro padre nos abandonó! ¡cuántas veces no
nos presentamos ante Dios como seres miserables, desconfiando de todo nuestro
ser! ¡cuántas veces no miramos a Dios como si ya lo supiéramos todo de la vida!
Así es el amor, así de importante es que nos acojan con todo lo que somos y que
nos acepten, respalden, resguarden, acompañen y protejan. Todo ello determina
nuestro lugar en el mundo. Por contrapartida, cuando no se percibe, así de
fácil es romperse, desquebrajarse, deshacerse… cuando el alma humana no tiene
lo que más ansía, que es el amor verdadero, todo se convierte en un valle de
sombras, un árido valle.
Y
ante una situación tan pesimista una persona puede pensar en las cartas que le
queda. Y solo es una carta: Dios. Nuevamente es Dios la carta que nos queda,
por muy ficticio o subjetivo que parezca. Aunque cueste aceptarlo, Dios es el
que nos amó realmente, el que lo hizo por encima de todos, y sobre todo por
encima de aquellos que tenían mayor protagonismo en nuestras vidas y debían
amarnos con mayor intensidad. Cuando estos últimos no pudieron, no quisieron o
no supieron darnos el amor que necesitábamos, ahí estaba Dios, estaba Jesús,
mirándonos con infinita paz. Cuando no nos miraron, ahí estaba Dios, estaba
Jesús, mirándonos como algo suyo. Cuando éramos un estorbo, ahí estaba Dios,
estaba Jesús, regocijándose por el milagro de nuestra existencia. Es muy
difícil verlo, pero Dios fue el primero que estuvo poniendo amor donde nadie
más podía hacerlo, y era El mismo el que alentaba a los demás para que nos amasen.
El es el Amor primero y tiene un plan de amor desde el principio. Además, lo
grandioso es que Dios se mueve con especial interés por los que no recibieron
el amor que tenían que recibir de parte de los demás.
Pero
es cierto, decir que Dios estuvo en medio de los gritos, los abusos, la
violencia, el desorden de tu vida es no menos que saltar al vacío esperando a
que una red invisible nos acoja. Es muy difícil mirar a Dios como El nos mira,
y más difícil todavía es hacerlo a través de las vivencias personales que nos rompieron
el corazón. De hecho, es una encrucijada para la mente humana pensar que
alguien a quien no conoces te pueda amar en medio de todo. Además, se trata de
alguien que no percibes con los sentidos, por lo que la mente puede decir con
toda seguridad: ¡ni pensarlo! Pero… es así, y solo en la medida en que nos
acercamos a El podemos ver nuestras guerras perdidas, nuestros peores presagios
cumplidos, nuestros miedos más profundos, nuestras vidas en llamas y llegar a sanar
todas esas heridas que llevamos dentro. Solo en la medida en que nos acercamos
a Dios podemos ver esa mano poderosa obrando a lo largo de nuestra existencia. Solo
Dios, por inconcebible que te lo parezca, puede acoger todo lo que eres, sea
bueno o malo, y dar buen fruto de todo ello. Solo Dios puede ser así.
Te
parecerá una locura, pero te prometo que es así.
Qué profundo y cuánta razón! Muchas gracias
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