Jesús, hombre humilde

Si tuviera que imitar a alguien sería a Jesús, ya no como Hijo de Dios, ni como profeta, ni como Mesías, ni como figura simbólica y reconocida en todas las culturas, sino por su persona. Jesús es la persona a la que todos debemos aspirar, justamente porque siendo Dios encarna los rasgos más importantes del ser humano, aquellos en los que más deberíamos esforzarnos para lograr una vida apacible, sosegada y plena. La humildad en Jesús es una llamada a la conversión del corazón altivo y el deseo de poder. Es realmente una revolución para el hombre.

Indistintamente de la religión, la educación, los modelos familiares, la época y el contexto socio-histórico, Jesús nos muestra cómo debemos vivir, sin importar las circunstancias, el tiempo y/o el espacio. Su mensaje es universal. Si bien es cierto que pasó haciendo el bien y practicando la justicia, especialmente para los más pobres y necesitados, también es cierto que vivió como un hombre normal y corriente, perteneció a una familia y a un pueblo, tuvo que trabajar y cumplir con sus responsabilidades en el hogar y en la sociedad como todos los demás. Estuvo sujeto a la religión y la cultura, a las normas familiares y a las leyes del estado. Es decir, Jesús fue enteramente un hombre, por lo que sería un error verlo como a un ser inalcanzable porque el plan divino se realiza en Jesús como un hombre común, sencillo, pobre y vulnerable para así confundir la soberbia humana y ensalzar a los más pequeños. Para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos.

Jesús es el único modelo de hombre al que deseo imitar sin lugar a dudas. Fijémonos en que rechazando todo privilegio, despojándose de su rango, fue un trabajador sencillo y humilde desde su niñez. Sus manos trabajaron con fuerza, seguramente como lo hizo José. No se sentó a esperar a que su Padre Dios lo hiciera todo. Se contentaba con su sustento y con hacer lo que le pedían cada día, estando con el resto. Con ello, Jesús nos enseña a ser hombres de verdad. Con su vida nos invita a dar la vida con sencillez y humildad, con corazones obedientes, no altivos. Nos invita a esforzarnos, mancharnos las manos y enfangarnos si fuera necesario por amor a los demás. Él también ha conocido el cansancio, el agotamiento y la angustia, por ello nos invita a no desfallecer, estar al servicio y perseverar. Además de trabajar, también festejó, bailó, cantó y se alegró por participar de nuestra vida. Él fue uno más, y con su vida normal y corriente eleva a todo el género humano a lo máximo, al cielo. 

Lo más asombroso de la vida de Jesús es que tuvo una vida ordinaria sin hacer mucho ruido. Y lo hizo de tal modo que nadie en el pueblo se podía imaginar que Él era el Mesías; pasó inadvertido como uno más, nadie lo veía como una deidad, como un Dios. Mas bien, lo que veían era un hombre de la tierra y del hogar, de la religión y la cultura, inmerso en una vida común, sencilla y humilde. No fue comerciante, ni doctor, ni nada de lo que el mundo pudiera esperar del Mesías prometido. Fue un hombre común que debía trabajar para ganarse el pan de cada día y ayudar en las labores de casa honrando a su madre y a su padre. Jamás alardeó de su vida, ni buscó reconocimiento. Vivió entre nosotros sin hacer ruido. Pasó como uno más. 

Con todo ello, Jesús nos enseña a guardarnos de todo lo que ofrece el mundo: grandeza, poder, estatus social, placeres etc. Nos enseña a vivir sin escandalizar y sin ser esclavos del reconocimiento de los demás. Nos enseña la verdadera humildad que se despoja de todo y se centra en el día a día. Él conoce nuestros corazones y por ello se hace Camino, Verdad y Vida. Todo llega si tiene que llegar, y todo termina si tiene que terminar. Mientras tanto, Jesús nos enseña a pasar por la vida aprendiendo la mansedumbre y la humildad en la escuela de su Corazón. Solo así encuentra descanso y alivio el corazón humano. 


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