El amor en la brecha (II)
“Amad
a vuestros enemigos y orad por quienes os persiguen” (Mt 5, 43-48)
En
la medida en que creces se activan mecanismos psicológicos que te protegen de
la caída, el fracaso, el abandono, el sufrimiento que la propia vida te ha provocado.
Es un hecho totalmente justificado y humano: ¿cómo sobrevivir con los males
de la vida haciendo contrapeso? Es habitual que todos, sin excepción, levanten unos
muros que eviten la caída de lo que se ha conseguido y construido para evitar
poner en riesgo todo lo que le da sentido y estabilidad a la existencia (creencias,
valores, actividades…). La vida es mantenida tras un envoltorio, una muralla, una fortaleza que se levanta para proteger
lo que más se ama. Es hermoso a la vez que duro; romántico a la par que cobarde.
De este modo, por vivir, muchos limitan los espacios de interacción; por vivir,
muchos se privan del tesoro de la vulnerabilidad; por vivir, muchos se resisten
al dolor del otro.
Todo
parte de la misma raíz: el hecho de no haber sido amados como deberían -y merecían-. Si has
visto la película “Charlie y la fábrica de chocolate” verás de lo que hablo. El
protagonista lo tiene todo para el mundo: dinero, prestigio y poder. Sin embargo,
no tiene nada, se siente solo y vacío. Por ello, invita a cinco niños a la
fábrica, para sentirse vivo. Y es así como muchas veces obramos: con la excusa
de mostrar todo lo que poseemos, invitamos a los demás, aunque no tengan nada,
para que nos obsequien con lo que necesitamos, vida. Más aún, volviendo a la
película, en los niños, Willy Wonka, ve reflejada su infancia y la herida que
lo atraviesa: un padre autoritario. En los más pequeños y sus papás, Willy
Wonka muestra su herida camuflada con años de trabajo en una fábrica. Pero, al
final, nos demuestra que una herida pesa más que todo el chocolate del mundo. Fíjate,
el hombre poderoso a los pies de cinco niños al verse frente a sus demonios ocultos.
Una película magnífica para conocer el ser humano herido.
Ahora
bien, la actitud de Willy Wonka es la de todo ser humano cuando ha sufrido en
su infancia un modelo familiar represivo o ausente: cuando los que más debían quererla no estuvieron, no la aceptaron, no la acogieron… la persona desarrolla un
patrón de conducta evitativo (huida, indiferencia) o defensivo (ataques
directos, reproches) para protegerse de todos aquellos que traigan al recuerdo
la imagen de esos adultos que le anularon. Cuando alguien te
recuerda al padre que te imponía un sinfín de leyes, te golpeaba, te humillaba,
aunque solo sea en un gesto de desaprobación, todo tu ser se alarma y activa el
patrón evitativo o defensivo para protegerte del dolor. Lo mismo sucede con el
padre que perdiste, o con el padre que te abandonó. Ante el dolor se perciben síntomas
que van desde el ataque directo a los demás hasta una extrema tristeza. En cualquier
caso, es un niño interior enfadado que llora y se queja ante la misma pregunta de
siempre: ¿por qué no me quiere? Entonces, ese niño se puede creer que no debe ser
querido, proyectando odio hacia los demás porque se odia a sí mismo, y ya nada
puede parar la rebeldía o la sumisión.
Pero el destino de cada persona es un misterio, por lo que antes de juzgar una conducta desproporcionada, es muy humano tratar de comprender la razonabilidad de una actitud evitativa o defensiva. Sé que es difícil, casi imposible, pero vale la pena adentrarse en el misterio de la persona: ¿cómo fue su infancia? ¿cómo se portaron con él o ella? Seguramente te sorprendan las historias de dolor interminables, la incomprensión y la soledad de muchas personas. Seguramente te sorprendas a ti mismo viendo una historia como oculta y puesta en juicio. Seguramente veas en los demás tu trayectoria y puedas comprender que nadie está tan lejos del sufrimiento como parece. Y en esa búsqueda, si Dios quiere, podrías encontrarte a ti mismo como alguien nuevo, amando como nunca antes.
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