El verbo interior en san Agustín de Hipona


        En San Agustín se ve reflejada la biografía de su vida. El tuvo que enfrentarse a los embates del cuerpo, que lo siguieron hasta los 30 años. No fue hasta después de una vida sufrida, de búsqueda de la verdad en fuentes amargas, que encontró su posicionamiento católico y su entrega al Verbo Divino. En este posicionamiento San Agustín había conocido la substancia corpórea, y puede por experiencia denominarla inferior. También conocerá la substancia espiritual, llegando a escribir sobre ella como la substancia superior que depende de Dios. Todo en su trabajo es un reflejo del combate que tuvo que enfrentar entre lo inferior y lo superior, generando esta maravillosa tesis sobre el verbo interior.

En primer lugar, parafraseando a San Agustín, todo en el Universo es substancia que recibe de Dios el ser. Por ello dice el santo de Hipona que no es la distancia de lugares lo que hace que estén lejos de Dios las criaturas, sino su grado de acogida del Ser de Dios. Sin embargo, Dios y las criaturas no son consubstanciales, Dios no toma de su propia substancia para producir el mundo. Sí sucede así con las Personas Divinas que sí son consubstanciales. Aun así, en el caso de las criaturas encontramos sumas de sustancias que imitan, imperfectamente, esta naturaleza de consubstancialidad de Dios como puede ser el caso del matrimonio.

En segundo lugar, San Agustín señala el problema de la unión entre el cuerpo y el alma. El cuerpo es considerado como substancia de grado inferior, y el alma substancia de grado superior, el cuerpo es sustancia corpórea y el alma sustancia espiritual, por eso pregunta ¿existe algo más dispar? ¿no hay nada más diferente? A esta problemática San Agustín responde con el Verbo de Dios en una maravillosa reflexión sobre el verbo encarnado. Nos dice que antes de su encarnación el Verbo, Este era consubstancial al Padre, el Único engendrado directamente por el ser, la fuente de todas las formas. Este Verbo es Dios dirigiéndose hacia sí mismo, significa la posibilidad de autoconciencia divina, principio de la autoconciencia humana. Este Verbo encarnado llama a la materia, es anterior y por el Verbo fue formada la materia. Por esta razón desde el principio la palabra tiene un peso ontológico. 

En tercer lugar, a raíz de lo anterior, entran las nociones como ideas con un grado mayor de substancialidad impresas en el alma. En ellas, el hombre conoce el mundo y conoce a Dios, dándole la posibilidad de toda autotrascendencia humana. De ahí surge el “conócete a ti mismo”, porque este conocimiento se convierte en la prueba de la existencia de Dios. Por ello dice la Escritura que el cuerpo es el templo del Espíritu [1], porque en el alma están grabadas las nociones que son eternas e inmutables. En efecto, el propio verbo interior es una copia del Verbo divino.

En cuarto lugar, para explicar mejor el posicionamiento del Verbo Divino y el verbo interior, el santo de Hipona nos dice que la unión de alma y cuerpo engendra a un hombre, y la unión del Verbo y el hombre engendra a Cristo. Esto último sucedió una sola vez para liberar a los hombres, e inspiró al filósofo Gadamer, especialmente por la popular cita agustiniana “Y así como nuestro verbo se hace voz sin mudarse en palabra, así el Verbo de Dios se hizo carne sin convertirse en carne”. Por ello, el filósofo dirá que la iluminación del ser ocurre en el lenguaje, porque en el lenguaje se revela la intelección del ser.

En quinto lugar, desmenuzando lo anterior, diremos que nuestro verbo se hace modo voz del cuerpo al convertirse en palabra para poder manifestarse a los sentidos del hombre, como el verbo de Dios se hizo carne para poder manifestarse a los sentidos de los mortales. Recordemos que engendrar el Verbo es, para el Ser, decirse a sí mismo. En ese decirse, en esa palabra, ocurre el Hijo. Esta es la autoconciencia divina que es comienzo de toda autoconciencia humana. De esto último se desprende que en el alma humana esplende un símil de la Palabra. El alma contiene especies reales que son réplicas con menor grado de substancialidad, de las Ideas. Por ello, el verbo interior no tiene aspecto de idioma, no es palabra de una lengua, pero le es posible al cuerpo expresarlo. Esta manifestación de la noción impresa en el alma es lo que san Agustín denomina memoria dei. En efecto, hay una memoria que, bien dirigida por la razón superior, nos lleva al alumbramiento de las Ideas, que tienen su origen en el Verbo Divino. El alma puede engendrar estas ideas a partir de la comparación por la razón superior o intuición intelectiva, entre las nociones y las especies venidas del mundo. Asimismo, las nociones pertenecen a Dios y son las responsables de la formación del verbo interior, que es lo que se manifiesta en el lenguaje. Pero antes de ser expresado, es necesario que el hombre piense el verbo interior para hacerlo verbo exterior. Este último se encarna en el sonido transformándose en expresión por el lenguaje.

En definitiva, el lenguaje es ser, es substancia, es mucho más que signo. Esta es la tesis de san Agustín a la que doy gracias, pues en ella san Agustín nos enseña que el verbo interior es de la misma substancia que la noción, es la propia noción hecha palabra. De modo que conocer es reconocer que algo del mundo viene de una noción, la noción es la esencia, y por todo ello podemos decir que los seres de este mundo son lenguaje, palabra, verbo. 

Bibliografía de san Agustín: De Trinitate, Confesiones

[1] I Corintio 3, 16-17

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