Imagen y semejanza (I)
Le hiciste por un poco inferior a los ángeles (Hb 2, 7)
El hombre tiene una predisposición connatural al bien y a la verdad. Una depende de la otra, porque toda forma de bien participa de una verdad que supera los límites de la razón y la cultura, y, asimismo, toda verdad responde a toda suerte de bien. Son un binomio del ser que nos asegura una vida digna, justa y plena. De hecho, valores como la justicia son como los amigos del bien y la verdad: no hay justicia si no hay un mínimo de verdad, no hay verdad si no hay un mínimo de bien. La justicia se despierta en nosotros como alarma frente a lo que no está bien, precisamente porque confabulamos en nuestro interior con el bien y la verdad. ¿Acaso no es esto lo que nos distingue de los animales?
Hay una suerte de tendencia moral en todo hombre que supera los límites de la razón y la cultura, y verdaderamente es una suerte, porque permite al hombre trascenderse a sí mismo, ir más allá de lo que conoce. Esta tendencia al infinito supera con creces todas nuestras aspiraciones culturales y racionales, jamás se agota. Es la expresión del bien y la verdad a lo que aspiramos, por lo que salimos de nuestros habitáculos rudimentariamente culturales hacia lo desconocido, a lo que colme de sentido nuestra existencia. Esta capacidad tan humana y tan divina le da al hombre un valor que sobrepasa lo conocido y lo que está por conocer. Viktor Frankl lo denomina búsqueda de sentido, y es que el hombre no puede vivir sin una meta que supere todo cuanto conoce, y una meta que no sea él mismo. Cuando perder la vida es ganar se convierte en un reto, el reto de nuestras vidas, valga redundancia, porque nos lleva precisamente a escuchar lo que habita en nosotros, lo más profundo de nuestra intimidad (san Agustín) la presencia siempre atenta de una verdad que supera todo lo que percibimos de este mundo, para darnos al fuego de la trascendencia, de la salida a lo que no somos nosotros en una muerte libre y voluntaria por la que ya no deseamos nuestro bien, sino el bien del otro.
Cuando no se produce este ingenio de la trascendencia la vida se torna en una lúgubre estancia parasitaria y transitoria por el mundo de las ilusiones que con tanta frecuencia visitamos. Habita en nosotros el deseo de vivir y de morir como si de un puzle se tratara, siempre por hacerse, siempre por romperse, pero siempre a la espera de que alguien mueva las fichas. En efecto, somos los portadores de una luz que se acrecienta en cuanto la damos, pero también somos los emisarios de un orgullo que nos hace resistirnos a la pérdida del honor y la integridad. En estas estamos, en un combate en el que medimos lo que damos y lo que nos guardamos.
Pero, decíamos al principio que el bien y la verdad son una inclinación del ser humano que se expresa en su capacidad de trascenderse a sí mismo. Y al ser una tendencia connatural no puede negociarse, está en nuestro interior, y por eso nos pide cuentas tarde o temprano. De hecho, ya lo hace. En nuestra búsqueda de la felicidad encontramos desdicha, en nuestra búsqueda del placer encontramos dolor, en nuestra búsqueda de la plenitud encontramos soledad, precisamente porque la felicidad, el placer y la plenitud no son fines, sino resultados colaterales de una vida con sentido, es decir de una vida que se trasciende a sí misma en aras del bien y la verdad.
Con esta reflexión ponemos de manifiesto una saber teológico, porque el estudio de Dios y de su voluntad siempre guardan relación con el ser humano, precisamente porque está hecho a su imagen y semejanza (Cf. Gn 1, 26). Podemos resumir la inclinación al bien y a la verdad en el Salmo 73 de la Sagrada Escritura, que es Palabra de Dios y palabra humana. En este Salmo se aprecia una malestar interior y una angustia a causa del mal que acometen algunas personas y la resistencia a un bien: "por eso su collar es el orgullo y los cubre su vestido de violencia; de las carnes les rezuma la maldad, el corazón les rebosa de malas ideas". Le sigue una reclamación a la justicia ante la premisa del mal cometido y la ausencia de bien: "para qué he limpiado yo mi corazón". Observamos que la denuncia rebosa del bien y de la verdad que habita en la persona, lo que le hace lanzar un grito a la justicia y anteponerse a sí mismo. El consuelo final lo encuentra en la verdad, que en términos teológicos siempre es Dios: "hasta que entré en el santuario de Dios y comprendí el destino de ellos".
Con todo lo anterior y en definitiva, la verdad hace la justicia, la justicia responde al bien, y todo ello está en nosotros. El saber teológico sin duda participa del saber antropológico, y este conocimiento de Dios no limita ni anula nada que sea humano, sino que lo purifica sacando a la luz lo más noble y auténtico que hay en él, que son la misma verdad y el mismo bien que Dios depositó en todos nosotros para que lo buscáramos y amáramos. En este punto confluye toda suerte de antropología del bien y de la verdad, en la suerte de ser hijos de Dios.
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