¿Dónde estás, Adán?
¿Dónde estás, Adán? (Gn 3, 9)
En intervención social se considera
que una persona que no participa en la sociedad está en vías de exclusión
social, o excluida socialmente. Es decir, la exclusión social está relacionada
con la no participación en los temas que compete a toda la sociedad, ya
sean sociales, políticos, económicos, etc. Sin duda es el título que más destaca
en todos los tratados de intervención social: prevenir la exclusión social de
las mujeres, de las personas sin hogar, de los pobres, las etnias, y cuantos
sectores poblacionales se quiera añadir. Se da por sentado que la exclusión
social es el mal, y la inclusión el bien.
Sin embargo, y lejos de reducir la
vida a dos polos opuestos -exclusión e inclusión- es posible descubrir una y
otra vez, que, aun participando en la sociedad, una persona puede llegar a
perderse a sí misma. Aunque es cierto que la inclusión social, en determinados
aspectos, es favorable para la persona, ésta no la puede rescatar de sí misma
-limitaciones, ansiedad, miedos-, y muchas veces la inclusión, según qué
sociedad, puede convertirse en un lugar de pérdida y suicidio, especialmente en
lugares con discursos que actúan en detrimento de la dignidad humana. De hecho,
si nos fijamos en las sociedades modernas, quién “gana” es quién más puede perder,
porque ganar en la sociedad moderna es formar parte del materialismo voraz y el
relativismo irracional y desmesurado. Por eso, “de qué le sirve al hombre ganar
el mundo si pierde su vida” (Mt 16, 26-27). Sentirse incluido en una sociedad
que no atiende a la verdad y al bien del ser humano es pérdida, lejos de ser
una ganancia.
Por otro lado, la sociedad no lo es
todo, y hablar en estos términos reduce a la persona a un mero actor social que
puede o no participar en lo que la sociedad entiende por bueno y justo. Además,
debemos considerar que, si un acto es considerado positivo para una persona,
también debe serlo para el grupo entero, y que los actos buenos solo pueden
tener una finalidad, el corazón del hombre. Es decir, la sociedad, la
comunidad, el grupo, como medios de la gracia que ayudan a transformar el
corazón del hombre en un corazón de verdad. Y de no ser así, se entra en el
juego de los intereses particulares que tanto dolor traen a la historia humana.
Por esta razón, las agrupaciones más o menos cuantiosas, deben ser como medios que
nos ayuden a alcanzar la perfección, lo que en teología es la llamada a la
santidad. Pero, si perseguimos todo aquello que la sociedad decide como perfecto
podemos equivocarnos, pues la perfección siempre procede de algo superior a
nosotros, y no del culto a lo de fuera, y es a ésta moción a lo que realmente
hay que obedecer con toda el alma: Hay que hacer caso a Dios, antes que a nada
(Cf. Hch 5, 29-31).
Con lo anterior, es necesario buscar
la santidad a través de las cosas, y no en las cosas (De Caussade). Un grupo,
comunidad, sociedad o cualquier otro medio, no es santo, sino santificador. Dios
lo crea y lo permite para que aprendiendo a amar sacrifiquemos lo que somos en
aras del bien común: y por eso, la voluntad de Dios siempre nos lleva al
sacrificio y al desprendimiento, en cualquier circunstancia. De hecho, nada que
merezca la pena en este mundo puede venir de la lucha de intereses personales,
sino del sacrificio y la entrega, a la medida de Cristo, el Dios sin medida. “El
Dios creador”, “El Dios dador de vida” y “El Dios revelado en Jesucristo”, siempre
nos invitan al desprendimiento y a la comunión con los hermanos según la voluntad
de Dios -en el orden de la gracia-. La vida es comunidad, y la comunidad es una
sombra de la omnipotencia y la omnisciencia de la Santísima Trinidad. Y puesto
que Dios se da a sí mismo, no es menos el precio que debemos pagar mediante el
sacrificio y el desprendimiento en el orden de la gracia.
Dios nos enseña esta verdad en su Verdad,
que es su Hijo Jesús dándose a sí mismo. Éste se dio según el momento querido
por Dios -el orden perfecto de la gracia-. Y Él mismo decía “no es mi hora” (Jn
2, 4), hasta que gritó bajo el duro suplicio de Getsemaní “No sea lo que yo
quiero, sino lo que Tú quieres” (Mt 26, 39), y en este intervalo de tiempo que
separa los dos comentarios de Jesús se resume el final de nuestro cometido en
el mundo: la entrega a la medida de Cristo, aceptando lo que la vida nos trae y
acogiendo con amor todo lo bueno, siempre en el orden de la gracia. El camino de
la redención copiosa ha dispuesto esta elevada forma de actuar según la cual
podemos ser salvados, y apuntar alto, tan alto como el Cielo. Pero, el orden de
la gracia exige de nosotros el sacrificio para el que estamos preparados, no a
la reducción de nuestros intereses particulares. Por esta razón, Dios mismo nació
en una cultura y en una sociedad (multicultural), para mostrarnos que el final
último del hombre no es la sociedad ni la cultura, sino aspirar al bien y a la
verdad, premisas que solo pueden lograrse en el corazón mediante la entrega, el
sacrificio, el desprendimiento, la muerte personal que fue anunciada en el principio
de los tiempos y alcanza su máxima en la persona de Jesús, el Hombre que nos
enseña a ser hombres.
Te invito a pensar tu vida, en si
estás formando parte del Cuerpo de Cristo, de tu propio cuerpo o del cuerpo de
la sociedad. En si tus acciones están en el orden de la gracia, o si, por el
contrario, necesitas ser reorientado a la fuente de la verdad. Te invito a
preguntarte a ti mismo: ¿Dónde estás, Adán?

Muchas gracias Abel, no puedo estar menos de acuerdo. Siempre acabas fabulosamente bien el comentario, y en este nos dices ¿Donde estás Adán, dónde estás Eva? ¿Siguiendo a Dios , a tí mismo o a los demás?
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