Jesús es nombre de Salvación

 

Cuando el mundo se desvincula del bien y la verdad es muy difícil preguntarse por la salvación sin que ello parezca un intento por forzar a la gente a creer en cuentos de hadas. Realmente es pregonar que hay necesidad de salvación, porque hablar de salvación es hablar de la necesidad de ser salvados. Sin embargo, la salvación se vuelve necesidad en cuanto se reconoce la debilidad humana, a menudo disfrazada del efecto contrario, orgullo y vanagloria; otras disfrazada de pretensiones altruistas, excesivamente altruistas, y que son los dos extremos en los que la debilidad tiende a refugiarse y hacer sus ídolos incandescentes. Muchas veces un trabajo, una actividad, una acción buena son ídolos que esconden la realidad más humana que existe: la debilidad.

La debilidad es la marca del ser humano, tan íntima y personal, que mostrarla nos produce pavor. De hecho, el instinto de supervivencia siempre trata de equilibrar la balanza y poner la fuerza y la independencia donde, verdaderamente, sabemos que hay fragilidad y una enorme soledad. Por esta razón lo complicado de la vida no es vivirla y ya está, sino afrontar las intemperancias del cambio que nos ponen cara a cara con la debilidad que llevamos dentro. Las experiencias dolorosas e imprevistas pueden sacar más humanidad de nosotros que una vida en la penumbra, haciendo y viviendo en una artificiosa normalidad. Y lo que también es cierto es que la debilidad nos encuentra e iguala a todos: es universal. Por todo esto, hablar de debilidad nos lleva a hablar de salvación, o, más bien, necesidad de ser salvados de nosotros mismos, y de otros.

En su conocimiento de nuestra debilidad, Dios escribe en la historia de la humanidad la historia de la Salvación. Pero no una salvación sin redención, remisión, sacrificio, porque no puede construirse una casa sin unos buenos cimientos, porque caerá (Cf. Mt 7, 26-28). Al hablar de salvación hay que hablar de proceso salvífico, historia de salvación. Como dice la Sagrada Escritura, Dios habló al hombre de muchas maneras, y, finalmente, le habló a través de su Palabra, el verbo encarnado, reflejo de su impronta (Cf. Hb 1, 1-2). Este resumen de la historia de Dios en la humanidad alcanza su plenitud y cumplimiento en Jesús. El Evangelio de Jesús muestra el rostro del Dios verdadero que durante años prepara el camino y el corazón del hombre para el sacrificio que Dios mismo infunde a través del Hijo, entregado a una humanidad perdida por el pecado para que todo el que crea sea salvado (Cf. Jn 3,16). Se trata de un Dios compasivo que se apiada de la miseria que brota de nuestra debilidad, y una debilidad fruto de la primigenia separación de Dios por el pecado original. Dios sabe que sólo su Misericordia podía curar el corazón dividido del hombre. Por eso Dios nunca desprecia un corazón quebrantado y humillado (Sal 51,17), porque el mismo Dios ha sido quebrantado y humillado por la humanidad: “Pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana” (Is 52, 14).

            La Redención copiosa tuvo el primer anuncio en Abraham cuando Dios le pidió que sacrificara a su único hijo, y finalmente le pidió que no lo hiciera (Cf. Gn 22, 12). De esta forma, Dios anunció que será su propio Hijo el sacrificado que cargue con nosotros en la cruz. La Salvación ha sido culminada con Jesús en la cruz, de modo que el Sacrificio de Dios se convierte en esperanza y liberación para todo el que se acerque a Él, porque Él mismo, libre y voluntariamente, se ha hecho debilidad para nuestra redención y, así, en su nombre, podamos tener una vida nueva, no sin sufrimiento, pero sí con la certeza de que Dios nos acompaña y consuela. Es decir, un Dios que se hace presente en la debilidad y que interfiere en favor nuestro pagando el precio, con su cuerpo y su sangre, de nuestro pecado. El profeta Isaías lo atestiguaba diciendo que Dios enviaría a su Ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, proclamando a los cautivos la liberación y la vista a los ciegos, dando la libertad a los oprimidos y anunciando el año de gracia del Señor (Cf. Is 61, 1-2; Lc 4, 18). Y esta Buena Nueva es que todos somos debilidad, y es Dios mismo quien ha venido a socorrernos. En la cruz se le da plenitud a la Ley y los Profetas en tanto en cuanto Dios se entrega a sí mismo para que podamos ser justificados, y salvados. El final de la Ley es la entrega amorosa de Dios por cada uno de nosotros.

            Con todo esto, te invito a que cuando te preguntes donde está Dios en medio de tu tormento, sufrimiento, malestar, mires una cruz e imagines que es Dios mismo el que carga contigo. No es un Dios ausente, indiferente, sino un Dios sufriente y compasivo, dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre por todos nosotros.




Comentarios

  1. Muy bueno Abel! Me ha gustado mucho. Me alegra la visión global y tan acertada que tienes del pecado la debilidad y la salvación. Muchas gracias

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  2. Una historia de amor hermosa, la historia de la salvación, entre el mismo Dios y cada uno de nosotros, gracias Abel por mostrárnosla.

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    1. Así es....ojalá lo podamos glorificar siempre como solo Él merece.. un saludo

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