La herida de Dios
No deberíamos negar nuestras
diferencias, así como no podemos negar nuestras necesidades vitales. Por un
lado, es evidente que nacemos sexuados, y a lo largo de la vida nos
desarrollamos según la genética y las interacciones con el mundo. La psicología
se hace eco de esto en sus escuelas de pensamiento: empirismo, constructivismo,
etc. Por otro lado, están las experiencias vitales con las que Freud y otros
desarrollan las bases del psicoanálisis. El ser humano se mueve por un psico
dinamismo determinado por experiencias subconscientes, algunas reprimidas y que
necesitan ser “liberadas”. Es decir, los traumas del pasado pueden determinar
conductas en el presente según el psicoanálisis. Esta escuela imperó, y no fue hasta los años 80 que
la psicología humanista decidió abogar por un ser humano integrado de múltiples
realidades interiores y exteriores, y difícilmente encasillable en una sola
categoría.
Sin embargo, aunque la lucha por
entender la psique humana viene con su historia, no debemos negar que hay
amplias diferencias entre el hombre y la mujer determinadas por la sexualidad y
las interacciones sociales. El hombre concretamente está llamado a conquistar
su propia masculinidad, lejos de reprimirla o cuartearla. La masculinidad, en
este sentido, no es una imposición social, sino una condición vital que está
vinculada a unos caracteres diferenciados (Calvo, 2015). Y la razón de ser del
hombre radica en salir de sí mismo en busca de una tierra que conquistar,
asumiendo retos y horizontes nuevos. Los niños asumen este rol desde que son
pequeños con sus intentos imaginarios por construir fortalezas, combatir
guerras, luchar contra invasores, capturar osos, etc. La predisposición que
tienen interiormente los prepara para los hombres que algún día serán. Y
podríamos decir que esta inclinación a salir fuera de sí mismos en busca de
hazañas es lo más parecido a la espiritualidad. A fin de cuentas, la espiritualidad
supone conquistar lo que no conozco, alcanzar lo que no puedo ver con la razón,
dejarse llevar hacia lo desconocido.
En la salida hacia lo desconocido,
el ser hombre y el ser espiritual se debaten una gran realidad, combatir el
plano egocéntrico y morir a lo conocido en aras de algo superior y que dirija
la vida de los demás a lugares más prósperos. Ser hombre no es fácil, y por
supuesto no es un constructo social, es un don que exige sacrificio y entrega.
La herencia que un hombre deja, y que debe seguir dejando al mundo, son sus
conquistas mediante la entrega de sí mismo. De hecho, las personas mayores saben
escoger cada palabra cuando narran los momentos de guerra y de pobreza, y raramente
se explayen hablando de celebración y confort. Un hombre se estima a sí mismo
en el sacrificio y el dolor soportado para que otros puedan vivir. El hombre
está llamado a dar su vida, y al darla, permitir que otros puedan vivir. En
este sentido, todo hombre conquista su masculinidad a través de sus propias
heridas, y conocemos esta verdad a la luz de la herida de Dios, que es
Jesucristo.
Jesús nace en la tierra como un
hombre que debe trabajar y cuidar de la familia. Él es completamente humano y
nos deslumbra su humanidad sin privilegios y sin poderes extraordinarios. Al
obrar así no solo nos demuestra cómo debe ser un hombre, sino cómo debe ser la
humanidad entera. Podemos ver que la divinidad forma parte de la cotidianidad y
de la entrega diaria. Sin embargo, entrando en la edad adulta, Jesús da pleno
cumplimiento a su vida con su entrega en la cruz. El hombre que vive entre
leyes, costumbres, hábitos de vida, solo encuentra su masculinidad dándose a sí
mismo, siendo ofrenda viva para los demás. Jesús vivía religiosamente, y,
además, compartía los quehaceres cotidianos de todo hombre en el trabajo y el
cuidado de la familia, pero Dios completa su obra de salvación con su
sacrificio Pascual. Él es la herida de Dios, Quién muestra al hombre que quien
no muere a sí mismo no puede dar ningún fruto. Todo hombre, a la luz del plano
salvífico de Dios, está llamado a una herida, ya que Dios tiene la suya. De
hecho, de nada sirve un milagro si el corazón está arrastrado por el interés
personal, de nada le vale al hombre trabajar mucho si todo se lo guarda para sí.
“¿De qué sirve ganar el mundo si uno se pierde a sí mismo?” (Mt 16, 26 27).
Finalmente, y a la luz de todo esto, la herida de
Dios nos enseña el camino a seguir: un hombre está llamado a salir de sí mismo,
y solo en la medida en la que sale de sí mismo puede dar vida. Fijémonos en que
el círculo de la vida empieza con dos personas que se aman y que por amor se
entregan la una a la otra, muriendo al mundo para que el mundo sea purificado
en su entrega. Así el círculo de estas dos personas puede tornarse en infinito,
y éste es el ejemplo de Dios que se desposa con la Iglesia mediante la herida
que tiene en Cristo Jesús, por el cuál todos, todos, todos (Papa Francisco)
podemos aspirar al cielo. La premisa de toda historia de amor es una herida y
la conquista de toda masculinidad es una herida: Dios nos lo ha mostrado así,
porque Él mismo ha sido traspasado por nosotros (Isaías 53, 5-6).
Te invito a reflexionar sobre tu
propia vocación: si mañana fuera tu último día qué serías capaz de dar hoy, a
cuánta gente le darías tu tiempo, quién o qué se beneficiaría de ti. Por el
contrario, cuántas cosas dejarías por hacer, y de cuántas te arrepentirías. Cuánto
hay de herida en ti, y cuánto hay de ti en los demás.
CON CUANTA SABIDURÍA NOS HABLAS Y CUANTO RAZONAMIENTO PONES EN TUS LETRAS , GRACIAS POR ENSEÑARNOS
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